¿Sabías que ser maestro es una de las profesiones más estresantes que existen? De acuerdo con el estudio internacional TALIS 2024 de la OCDE, el 42% de los docentes encuestados identifica la atención a las preocupaciones de las familias como una fuente importante de estrés, mientras que el 45% señala las dificultades para mantener la disciplina dentro del salón.
Y no es difícil entender por qué.
Imagínate estar frente a un grupo de 15 o hasta 30 niños, cada uno con distintas necesidades, emociones, formas de aprender y límites establecidos en casa. Además de enseñarles, tienes que resolver conflictos, acompañarlos emocionalmente, mantener el orden y responder a las expectativas de sus padres.
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A esto se suman el desgaste físico, el uso prolongado de la voz y la presión de sentir que cualquier decisión que tomes podría convertirse en una queja o un cuestionamiento. Por eso vale la pena preguntarnos: ¿qué estamos haciendo como familias para apoyar a quienes también participan en la educación de nuestros hijos?
Durante muchos años buscamos dejar atrás una educación autoritaria, basada en el miedo y los castigos. Y qué bueno que lo hicimos. Sin embargo, en algunas familias la crianza respetuosa comenzó a confundirse con una educación sin límites, en la que se intenta evitar que los niños experimenten frustraciones o enfrenten las consecuencias de sus acciones.
La psicóloga Diana Baumrind, reconocida por sus investigaciones sobre los estilos de crianza, encontró que combinar afecto, comunicación y límites claros favorece el desarrollo de la autonomía y la responsabilidad.
Jane Nelsen, creadora de la Disciplina Positiva, también nos recuerda que podemos ser amables y firmes al mismo tiempo.
Nuestros hijos tienen derecho a enojarse, pero no a agredir. Pueden sentirse frustrados por una calificación o por una llamada de atención, pero también necesitan aprender a reconocer sus errores.
¿Qué sucede cuando desautorizamos a un maestro?
Imagina que tu hijo llega a casa molesto porque su maestra le llamó la atención y lo sacó del salón por estar platicando. ¿Tu primer reacción es escuchar qué sucedió o decirle que su maestra exageró y que no lo puede sacar del salón porque la educación es su derecho y que mañana irás a reclamarle?
Por supuesto que debemos escuchar a nuestros hijos y tomar en serio cualquier situación de maltrato o abuso. Sin embargo, escuchar no significa asumir que conocemos toda la historia.
Como explica el psiquiatra Daniel Siegel, los niños necesitan adultos que los acompañen mientras desarrollan sus habilidades de regulación emocional y algo fundamental es comprender que validar una emoción no significa justificar cualquier conducta.
Cuando descalificamos a un maestro frente a nuestros hijos, podemos enseñarles que las reglas solo deben respetarse cuando están de acuerdo con ellas.
En cambio, cuando escuchamos ambas versiones y buscamos soluciones mediante el diálogo, les enseñamos respeto, responsabilidad y resolución de conflictos.
Mamás, papás y maestros: ¡hagamos equipo!
La escuela no es únicamente un lugar para aprender matemáticas, español o historia. También es donde nuestros hijos aprenden a convivir, esperar turnos, tolerar frustraciones, respetar acuerdos y reconocer que sus acciones tienen consecuencias.
Para lograrlo necesitan adultos que trabajen juntos.
Respetar la autoridad de un maestro no significa darle siempre la razón, significa reconocer su responsabilidad educativa, escuchar antes de juzgar y resolver los desacuerdos con respeto.
Los maestros necesitan nuestro respaldo, así como nosotros necesitamos docentes comprometidos que escuchen y comprendan a nuestros hijos.
Nuestros hijos no necesitan que siempre les demos la razón, necesitan saber que estamos de su lado para ayudarlos a crecer, incluso cuando eso implica reconocer un error, aceptar un límite o enfrentar una consecuencia.
Porque educar no es una competencia entre la casa y la escuela, es una responsabilidad compartida.
Y cuando las familias y los maestros trabajamos en equipo, quienes más ganan son nuestros hijos.
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Alejandra Angers
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