Cuando una persona decide ser maestro, no lo hace por dinero; lo hace porque dentro de él o ella hay una vocación por enseñar, transmitir conocimientos, ser ejemplo y dejar una huella. Existen palabras que apagan la motivación escolar en tus hijos y es importante ser conscientes del impacto que pueden tener.
Los maestros quieren acompañar, despertar curiosidad y ver crecer a niños y jóvenes. Sin embargo, ejercer la docencia hoy en día es muy distinto a como era hace algunas décadas.
Cada vez es más frecuente escuchar a escuelas (públicas y privadas) decir: “No encontramos maestros”, “renunció el profesor a mitad del ciclo” o “no hemos logrado cubrir esa materia”. Y, aunque parezca un problema aislado, en realidad es un fenómeno mundial.
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La escasez de maestros es un fenómeno mundial
La UNESCO ha advertido que el mundo enfrenta una escasez importante de docentes y estima que, para alcanzar las metas educativas globales, se necesitarán millones de maestros adicionales en los próximos años.
En México, además, muchos centros escolares reportan una creciente dificultad para retener maestros, especialmente en secundaria y bachillerato. No se trata únicamente del salario. Los docentes señalan con frecuencia altos niveles de estrés, sobrecarga administrativa y un cambio importante en la relación con las familias y los alumnos.
Durante muchos años, cuando un maestro llamaba la atención a un alumno, familia y escuela trabajaban más como un equipo. Hoy vivimos un momento distinto. Los niños y adolescentes han crecido en una cultura que promueve sus derechos y les da voz, algo profundamente valioso. El reto aparece cuando, sin querer, confundimos acompañamiento con ausencia de límites.
La neurociencia nos recuerda que el cerebro infantil y adolescente todavía está en proceso de maduración. Por eso, los niños y adolescentes necesitan adultos que acompañen con cercanía, pero también con límites claros.
Cuando un docente siente que cualquier corrección puede convertirse en un conflicto o una queja, es comprensible que muchos experimenten desgaste emocional. Esto no significa que los maestros no deban rendir cuentas o actuar con profesionalismo; por supuesto que sí. Pero también es cierto que educar sin la posibilidad de establecer límites adecuados resulta mucho más difícil.
De hecho, el agotamiento docente o burnout es hoy una de las principales causas de abandono de la profesión.
Lo que escuchan nuestros hijos cuando hablamos mal de la escuela
Y aquí viene una reflexión importante para nosotros como madres y padres.
A veces, preocupados por ofrecerles lo mejor a nuestros hijos, se dicen frente a ellos frases como:
- “La escuela es malísima.”
- “El nivel académico está pésimo.”
- “No están aprendiendo nada.”
- “Los maestros ya no enseñan como antes.”
Esto se hace desde la preocupación, el enojo o la frustración, sin pensar en cómo lo escuchan ellos. Y justo son estas las palabras que apagan la motivación escolar en tus hijos.
Porque nuestros hijos no solo oyen críticas hacia su escuela o sus maestros. Escuchan algo mucho más personal: “El lugar donde paso gran parte de mi vida no vale”. Y cuando el lugar no vale, muchas veces sienten, sin decirlo, que su esfuerzo tampoco vale.
La psicología educativa ha demostrado que las creencias que los niños desarrollan sobre sí mismos están profundamente influenciadas por los mensajes de los adultos significativos. Cuando esa confianza se debilita, también disminuye la motivación.
Además, el sentido de pertenencia escolar es uno de los mayores predictores de bienestar y desempeño académico. Por eso, cuando se habla mal de la escuela frente a ellos, también puede verse afectada su motivación, su vínculo con el aprendizaje y hasta su autoestima académica.
Esto no significa que no podamos señalar áreas de mejora o exigir calidad educativa. Claro que podemos y debemos hacerlo. Las escuelas necesitan escuchar a las familias, pero hay una gran diferencia entre dialogar con la institución y descalificarla frente a quienes aún están construyendo su identidad.
Quizá hoy más que nunca necesitamos recordar que educar nunca ha sido tarea de una sola persona. Los niños aprenden mejor cuando familia y escuela trabajan del mismo lado de la mesa. Porque, al final, no solo aprenden matemáticas, historia o ciencias; también aprenden a mirar el mundo a través de los ojos de los adultos que más aman. Y si esos ojos confían en la escuela que escogieron para ellos, tendrán más razones para creer en sí mismos.
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Alejandra Angers



